Terrazas, libros y amor

Libros viejos

Terraza, libros
y amor

Para mí la terraza había sido un territorio casi desconocido. A pesar de que mi departamento está en el último piso del edificio y la terraza es solo mía. Mía pero ajena. Porque en realidad nunca encontraba motivos para estar allí. La ropa la llevo al lavadero. No tengo parrilla para un asado porque mi torpeza en la cocina ha sido siempre enorme. No tengo mascota alguna. Y no me gusta tomar sol. Tampoco tengo plantas porque no sé cómo cuidarlas. Por lo tanto, nunca tuve motivos para visitar mi propia terraza. Hasta que ocurrió lo de la Pandemia. La primera vez que subí fue para aplaudir. No porque todos lo hacían, sino que lo sentía de verdad. Y todo pareció extraño, desde allí los aplausos cercanos y estridentes pero la gente mucho más lejana. La segunda vez que subí la vi a ella por primera vez. Yo subí sólo para tomar el fresco y ella estaba sentada leyendo un libro. Estábamos a poca distancia lo suficiente para que oyera mis buenos días, pero no me contestó. ¡Antipática! — pensé y ya no la miré. La segunda vez fue dos días más tarde. Esa mañana ella también estaba leyendo. Y yo también había subido para tomar aire. La miré ya sin intención de saludarla y entonces noté que llevaba auriculares. Me pregunté si por eso no me había respondido. Entonces me miró y muy a pesar mío la volví a saludar y ella respondió amablemente. ¡Entonces no me había escuchado! Y la miré con más atención. Llevaba una remera blanca y pantalones rojos a media pierna. Zapatillas blancas y el pelo atado. Lo que le despejaba el rostro que lucía bello aún sin maquillaje. Calculé que tendría mi edad. Y nunca la había visto por el barrio. Jamás me había cruzado con ella o tal vez sí y no lo había advertido. Pensé que lo del libro no era una mala idea. Tenía unos diez libros en mi biblioteca, todos fueron regalos de cumpleaños, pero sólo había leído uno. Y confieso que ni siquiera lo terminé. A la mañana siguiente subí de nuevo. Pero esta vez estaba bien provisto. Elegí el que había comenzado a leer. Esta vez me saludó primero. Y ahí estábamos los dos leyendo a distancia y en confinamiento. Pronto dejé de pensar en ella porque el libro me atrapó fuertemente. No sé cómo pude dejar de leerlo antes porque era verdaderamente atrapante. Un thriller de esos que son un vicio, que no puedes dejar de leer hasta la última página. No sólo leí estando allí, sino que seguí luego en mi sofá. Y cuando subí el próximo día ya estaba muy avanzada mi lectura.
—Hola ¿Qué estás leyendo? —la escucho decir y entonces la miro. —Hola “El jardín de bronce”—le contestó sin dejar de sentirme sorprendido de escucharla sin esperarlo. —Ese no lo he leído. Agregó ella. —yo estoy leyendo “Crímenes imperceptibles”. —te lo recomiendo entonces, es muy atrapante. No leí ese libro que dices, pero sí vi la película. ¡y me gustó mucho! Su voz había resultado ser más dulce de lo esperado.
—feliz lectura—la escuché decir. —igualmente—le respondí y ya no tuve excusas para mirarla entonces me sumergí de nuevo en la lectura.
El siguiente día ambos habíamos subido con un libro nuevo por haber terminado el anterior. Y nos mostramos las portadas mutuamente. Ella leía "El psicoanalista" y yo me había decidido por "Doctor sueño". Y así fueron transcurrieron los días de terraza, lectura y confinamiento. Entre libros, entre charlas. Conversaciones que poco a poco se fueron haciendo más interesantes. Fue poco después que me di cuenta de que había empezado a odiar los días de lluvia. Porque esos días no había terraza, ni charlas amenas y por supuesto, esos días no los compartía con ella. Podría haber intentado pedirle su número, pero por alguna razón no me animé. O sea que nuestros encuentros quedaron sujetos al factor climático. De ella, no hablaba mucho. Pero al menos sabía que vivía sola. Yo tampoco le conté mucho de mi vida. Pero, aun así, sentía que nos conocíamos cada día más y que tal vez podríamos seguir con los encuentros luego del confinamiento. El día que nos dijeron que éramos libres de salir, me sentí feliz, por un lado. Por el otro, no estaba tan seguro. Ya me había habituado demasiado a mi rutina. Y aunque no quisiera admitirlo...A encontrarla a ella ahí del otro lado, en su terraza y con su libro. Así que ese día también subí. No por costumbre, exclusivamente para verla. Pero no estaba y me quedé mirando la terraza vacía. Subí varios días y nunca la encontré. Pensé en visitarla, pero me di cuenta de que ni siquiera sabía en qué piso vivía. Ni como se llamaba. Ya no me quedaba ningún libro por leer en la biblioteca y había descubierto para mi sorpresa el placer que me provocaba la lectura y ya no deseaba parar. Así que resolví ir a la librería para elegir algunos libros más. Ya con varios ejemplares seleccionados me dije que estaría bueno tomar un café. Los primeros fríos del invierno se hacían sentir en el aire y en el cuerpo. Los árboles estaban ya desnudos y las calles llenas de gente apretando el paso en busca de un refugio para evitar el frío viento del sur que soplaba sin piedad. Después del confinamiento las calles siempre lucían llenas y los parques y las plazas. Entré en un bar que se veía como uno de esos que me gustan mucho y me senté en una mesa cercana a la ventana. Luego de unos minutos se llenó por completo. Ya no quedaban mesas disponibles. Pedí mi capuchino italiano y un brownie. Antes de comenzar a hojear los libros miré por la ventana, solo por mirar. Y la vi. ¡Era ella! Mi corazón se aceleró. Llevaba un pantalón negro y un sweater de cuello alto color mostaza y el cabello suelto. Traía mochila y un libro en la mano. No me vio hasta que entró al bar. Miró alrededor y se estaba yendo cuando vio que no quedaba lugar. Me levanté tan veloz que tiré mi silla. No sé si me miró por el estruendo de la silla al caerse o porque vio que alguien se levantaba. La llamé con mi mano y le sonreí. Luego levanté la silla con torpeza. Se acercó, me saludó con esa hermosa sonrisa que tiene y puso su libro sobre la mesa. Lo miré y no pude evitar sonreír. Ella me miraba sin comprender. Yo abrí la bolsa con los libros que había comprado y busqué uno de ellos. Lo puse sobre la mesa también. Y se nos escaparon las risas por varios minutos. Ese fue el primer encuentro de muchos otros. Y el primer libro compartido de muchas otras lecturas que hemos estado compartiendo. Todavía tenemos los dos ejemplares del mismo libro en nuestra biblioteca. Es el único libro que tenemos por duplicado. "Amor en tiempos de cólera".
Rosi Pellier
ESCRITORA
Contacto

fryda13@yahoo.com.ar

Para cualquier consulta o comentario me puedes mandar un mail
o un DM desde mis cuentas de Instagram.